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Aviadores

 

Pequeños fragmentos de mi vida...


22 años después

Armada
14/05/2019


Capitulo 0
En el aula del Aeroclub había cuadros de fotografías de Harriers AV-8B de la 9ª Escuadrilla de la Armada Española. Me quedaba abobado mirando aquel avión de despegue y aterrizaje Vertical. Un avión único en el mundo, que por fortuna dotaba a uno de nuestros escuadrones Navales. Deseaba volarlo. Si no tocarlo o al menos estar cerca para ver cómo era su piel de verdad. Aluminio remachado, ligero y resistente a la vez. Imaginaba su ruido ensordecedor.. en definitiva, quería pilotar uno. 
Pero nunca se materializó. Cuando tuve la edad, no tuve la conciencia, y decidí tomar un rumbo diferente. Creo que fui cobarde, y no tuve las pelotas de tirar hacia delante cuando debía. A cualquier precio. No fue así. El precio a pagar me pareció demasiado, y renuncié. Dios sabe que se me hubiera dado bien, pero la vida y la pasión se me fueron por el desagüe en el momento más oportuno. 
Hoy, a los 39, he cumplido en parte con mi sueño. Mis 39 años y mis más de 8000 horas de vuelo, me han ayudado a disfrutarlo como ese paladar viejo y entrenado, que sabe degustar un vino caro. A los veinte bebemos "calimocho" como gilipollas, pero a los casi cuarenta, mejor danos un Vega Sicilia por favor. A buen entendedor pocas palabras bastan.
En mi visita a la base naval de Rota, he podido conocer desde dentro a La Armada Española. Sus diferentes Escuadrillas me han abierto la puerta, y me han acogido como a uno más. Dios sabe La Paz que he sentido. 
Ahí estaban esos Harrier, esperando, algo gastados pero tranquilos. Como caballos fogueados en la batalla, descansando en su establo. Ellos no han ido a ninguna parte. Yo he ido a mil sitios como un pollo sin cabeza, cuando lo que siempre he querido es haber pasado más tiempo con ellos, entre ellos y dentro de ellos.
Hoy, me he metido en uno, y he podido volarlo en el simulador, gracias a la hospitalidad de oficiales y suboficiales de La Armada.
Me sentía como en casa, sin forzar, fácil pero exigiéndome. Lo he volado bien, como si Dios estuviera conmigo regalándome ese momento. Esto que acabo de escribir, ya lo dijo otro piloto de otra índole. Con tu permiso S.
Ya no tengo edad para cobrar por ello, pero lo haría gratis encantado. La vida es implacable, y es mejor no desperdiciarla. 
Ojalá la sangre de mi sangre… pero eso no dependerá de mi, y yo no interferiré. Me mantendré al margen, lo juro.


INFANCIA IMAGINACIÓN 

12/05/2019 


CAPITULO UNO
 

Hace tiempo que quiero comenzar este viaje. Son muchos años de mi vida dedicando mi tiempo libre a una pasión; la aviación militar, y creo que ha llegado el momento de compartirlo con vosotros de una manera muy especial. 
Mi interés por la aviación comenzó muy pronto. Me crié con mis abuelos en un barrio muy humilde de Bilbao, Elorrieta. Si algo me ha sobrado toda mi vida ha sido una imaginación desbordante, y lo que más me han hecho volar esa imaginación han sido las historias de mis abuelos sobre los pilotos de la guerra civil española. No sé si por mi insistencia o porque quizá era lo que mejor recordaban, las batallas aéreas eran mis preferidas. Recuerdo a mi abuelo como me contaba el día del bombardeo de Guernica. Aquel domingo por la mañana se encontraba junto a su abuelo en la ventana de la vieja casa, divirtiéndose contando aviones alemanes que surcaban el cielo en formación. Según él, una columna que se extendía hasta el horizonte. “Llegamos a contar más de cien!”, decía. Solo tiempo más tarde, cuando la censura dejó paso a la información, supieron el propósito siniestro de aquel espectáculo aéreo.  
 
Mi abuela a la vez, era una mujer muy inteligente para su época, incomprendida y atrapada en una vida que no reflejaba a su educación y capacidad intelectual. Me educó en el interés por la lectura como fuente de sabiduría, y a ella le debo también mi imaginación. Apasionada de la historia, cultivó en mi un interés muy grande por lo bélico, y junto a esas historias aéreas, se formó un cóctel perfecto de lo que soy hoy en día.  
Tuve claro que quería ser piloto de caza, pero no sabía ni por dónde empezar.  
Cuando tenía 10 años, estalló la Guerra del Golfo, como fue conocida a nivel mundial. Una guerra televisada en directo. Y ahí estaba yo, cada día pegado al televisor esperando ver imágenes de los aviones de caza y ataque, y a sus pilotos entrevistados a pie de avión aún con sus atuendos de vuelo puestos, sudando y el casco en la mano. Me fascinaban!. Me parecían auténticos caballeros, guerreros con aura especial.  
Aunque parezca mentira, Top Gun “la peli”, la vi más tarde. No me trastorné con la película, ya lo estaba por aquel entonces. 

En mi casa tuvimos tele en blanco y negro hasta bien mediados los ochenta, y mis visitas al videoclub comenzaron tarde. No obstante, mi padre tuvo un PC relativamente pronto, y gracias a ello, pude tener mi primer simulador de vuelo a la edad de 12 años. Pero esa es otra historia que me reservo para futuros capítulos. 
Me llamo Egoitz Elorz, soy padre de familia, tengo una mujer hermosa que la amo con locura, y unos hijos maravillosos. Trabajo en las líneas aéreas, y a estas alturas ya cuento con algo de experiencia de vuelo a mis espaldas. 
 
Cumplí mi sueño, si, en parte. 
Pero aún me queda un pasito por dar. Aquí comienza este viaje. 


BAUTISMO RACV 

13/05/2019 


CAPÍTULO DOS

Para cuando cumplí los 16 años, ya me había gastado una considerable cantidad de dinero en una colección de cintas VHS sobre aviones de combate. En 1996 no existía YouTube, y era la única manera de ver imágenes en acción sobre aviones de caza y ataque. Con ello aprendí y descubrí muchísimas nuevas historias que me completaron un poco más; la guerra aérea sobre Vietnam, los aviones Stealth, la era de ensayos supersónicos, la Guerra de Corea etc etc.. Todo por descubrir!. Cada mes un capítulo nuevo, y 1500 pesetas de las de antes que volaban de mi bolsillo. A pesar del desembolso, aún nos quedó algo de dinero para invertirlo en mis primeras horas de vuelo.   
 
A los 17 fui invitado por un chaval que vivía tres calles más abajo en mi barrio, que curiosamente también jugaba al baloncesto y le gustaban los aviones. Él tiraba por lo civil y lo tenía claro, pero yo buscaba algo más emocionante, y deseaba ingresar en la Academia General del Aire en San Javier. El me llevaba ventaja pues ya había comenzado a volar en el Aero Club de Vizcaya, y gracias a eso, fui invitado para acompañarle un día a visitar el hangar y a conocer al instructor que impartía clases de Vuelo.  
Recuerdo ese día como hoy mismo. Cogimos un autobús que nos llevó hasta el aeropuerto, y no paramos de hablar de Dios sabe qué.. dos niños soñando con volar, supongo que fácil de imaginar. Cuando llegamos, me temblaban las piernas, y un nudo el estómago no me dejaba ni respirar. Iñigo, el instructor del Aeroclub, estaba en medio de una clase de vuelo, y tuvimos que esperar, pero no me importaba, ya estábamos en “zona de vuelo” y era donde quería estar. Quizá para toda la vida.  
Nada más entrar al hangar, hubo algo que me atrajo la atención. Ahí estaba, el biplano rojo que sobrevolaba Elorrieta!, y que me evocaba a la Gran Guerra de principios de siglo XX, en los albores de la aviación. Una Bucker en perfecto estado de vuelo con motor Tigre original y bien mantenido. Que más podía pedir?, me acerqué, y me asomé a la carlinga abierta. No pude contener la tentación de empuñar la palanca de mando, y lo hice sin pensar!. En ese momento una voz que me gritó desde atrás me hizo dar un brinco, “se mira pero no se toca chaval!..”. Ese hombre resultó ser el mecánico y piloto del avión, Luis Delagado, más conocido como “Alicates”. Hoy en día es un gran amigo al que aprecio mucho y vez en cuando le pago una buena ronda recordando viejas historias. 

SOLO SILENCIO RADIO 

13/05/2019 


BLOG CAPITULO TRES 

El primer vuelo “solo” de un aviador es algo que te marca para siempre. Quien no ha pasado por el terror de tener que hacer algo recién aprendido, solo, sin la opción de que alguien te ayude, de consejos o te salve en el último momento, no se puede considerar un piloto aviador completo. Es mi manera de verlo, y me explico; un pájaro aprende a volar saltando al vacío, cuando su madre lo cree oportuno, dejando a la naturaleza hacer su trabajo. La adrenalina, el miedo, dan paso al valor y a la destreza, y se marcan a fuego en ti. En algún momento un aviador tiene que afrontar todo eso, interiorizarlo, y probarse a si mismo. Es como se ha hecho toda la vida, naturalmente.  
A mi ese momento me llegó cuando alcancé las 12 horas de vuelo.  
En aquella época dorada del RACV, Iñigo Zubiaga era el instructor del Aero Club, y lo recuerdo como una de las personas mas inteligentes que he conocido. No era muy popular por su carácter duro y directo, pero era justo. También era letal con quien no comulgaba. Y ni se te ocurriera hacerle una perrería, porque iba a por ti a muerte, en términos legales por supuesto. A pesar de todo, yo lo adoraba. Me enseñó a volar, a volar de verdad. A adquirir unas habilidades innatas para toda la vida, que me han salvado de unas cuantas, pero que también tuvo su contra inmediata en forma de autoestima desbordada para una edad muy joven, aeronáuticamente hablando.  
Con 8 horas, y parece broma, ya hacía ochos perezosos con ”madre”, pero aún no sabía cambiar de frecuencia en la radio!, porque era él quien lo hacía. “Lo llevas en la sangre!..” me decía!, y yo no podía creérmelo. Que sensación más acojonante dominar un avión y que me pareciera tan fácil. 
Así fue como un sábado soleado y con viento en calma, me pilló por sorpresa cuando después de un par de tomas y despegues, abrió la cabina, recogió sus cascos, y se bajó de “madre” en marcha, dejándome solo y en silencio. Si, silencio. Aunque el motor seguía girando, no había nadie a mi lado. Que sensación más indescriptible. Debía despegar y aterrizar otras tres veces, pero solo, “SOLO”.  
Estaba tan nervioso y concentrado de no cagarla que se me olvidó hablar por la radio, y notificar los tramos de circuito. Gracias a Dios, el controlador aéreo conocía de antemano las intenciones de Iñigo, y daba la casualidad de que no había más tráfico aéreo planeado en los siguientes quince minutos. Así es que me dejaron hacer mis tres aterrizajes tan tranquilamente. Con un par. En silencio radio. 
De vuelta al hangar, no me esperaba nadie. Yo llegaba eufórico por la hazaña y no había nadie!. “Estarán en el bar, como siempre” pensé. Paré el motor, y la hélice dejo de girar haciendo un “clank clank” seco. Abrí la cabina y respiré aire fresco. Que sensación de vida más intensa!. Me dirigí hacia la puerta del hangar con el piernógrafo en la mano, y de repente un chorro de agua fría me impactó de lleno mojándome hasta los huesos!. Alguien quiso rematar la faena con un cubo de agua con hielos, 
pero creo que lo esquivé a tiempo. “Bienvenido pilotillo!, ya estás suelto!...”.  
Y así fue mi primer vuelo “solo”, ese que es tan importante, y a día de hoy, lo recuerdo como uno de mis mayores logros en la vida. 
Gracias a ti Iñigo, que en paz descanses!. Te echamos de menos.